¿Qué le digo a un amigo que está de duelo?

¿Qué le digo a un amigo que está de duelo?

Jesús: La paz sea contigo, amigo. Me preguntas qué decirle a quien está de duelo. Y quiero empezar diciéndote esto: la pregunta misma ya es amor. Que te detengas a pensar en las palabras, que temas equivocarte, que busques una voz más antigua que la tuya para guiarte — todo eso es ya el comienzo del acompañamiento. No llegues con prisa a tu amigo. Las Escrituras son tiernas en este terreno, y también sabias. Escucha lo que dice el Sirácide: No evites a los que lloran, y llora con los que lloran. Fíjate en lo que se te pide primero. No hables con los que lloran. No consueles a los que lloran. No expliques a los que lloran. Llora con ellos. La presencia va antes que la palabra. Muchas veces el amigo que acompaña bien es simplemente el que no se marcha, el que se sienta en la misma oscuridad sin encender luces demasiado pronto. Y hay algo delicado escondido en esa frase: no evites. Porque la tentación, cuando alguien que amamos está roto, es alejarnos un poco. Nos decimos que es por respeto, por darle espacio. A veces lo es. Pero a menudo es porque el dolor del otro nos asusta, nos recuerda nuestra propia fragilidad. El Sirácide te pide que no cedas a ese miedo. Acércate. Siéntate. Quédate. El mismo libro te enseña algo más, y es importante: Haz que el llanto sea amargo y que los lamentos sean apasionados. Que tu duelo sea acorde a su mérito, por un día o dos, para que no se hable mal de ti; y así ser reconfortado por su dolor. No apresures a tu amigo a estar bien. No le digas "ya pasará" cuando apenas acaba de empezar. El duelo tiene su propio tiempo, su propia hondura, y tratar de abreviarlo es una forma sutil de deshonrar al que se ha perdido. Deja que tu amigo llore amargamente si así lo necesita. El llanto, en su momento, es santo. Y luego, cuando llegue la hora — no la que tú decidas, sino la que llegue sola — está también esta palabra: Cuando el muerto descansa, que su recuerdo descanse. Consuélate por él cuando su espíritu se aleje de él. Hay un tiempo para llorar amargamente, y hay un tiempo, más adelante, para dejar descansar. Pero ese segundo tiempo no se impone. Se recibe. Tu papel no es forzarlo. Tu papel es estar cerca cuando llegue. Y mira cómo el libro de Tobías pone en los labios de un anciano estas palabras sencillas: Consuélate, hija mía. Que el Señor del cielo y de la tierra te conceda favor por esta tu tristeza. Fíjate: no niega la tristeza. No la minimiza. La nombra — "esta tu tristeza" — y pide que el Cielo mismo conceda gracia dentro de ella. Esto es muy distinto de pedir que la tristeza desaparezca. Es pedir que Dios habite en ella. Así que, si me preguntas qué decir, te diría: di poco. Di el nombre de quien ha muerto, sin miedo — a los que están de duelo les duele cuando los demás evitan pronunciarlo, como si no hubiera existido. Pregunta por recuerdos. Lleva comida. Siéntate en silencio. Vuelve mañana, y la semana que viene, y el mes que viene, cuando los demás ya se hayan ido. Esto último es quizá lo más importante: los dolientes suelen decir que lo más duro no fueron los primeros días llenos de visitas, sino los meses después, cuando el mundo volvió a su ritmo y ellos se quedaron solos con la ausencia. Y si no sabes qué decir, puedes decir eso mismo: "No tengo palabras. Solo estoy aquí." Esa frase, dicha con verdad, vale más que mil consuelos ensayados. Hay un último consejo que te doy, aunque sea más mío que de un versículo: no tengas miedo de equivocarte. El que está de duelo recordará que viniste. Recordará que lo intentaste. Las palabras exactas se olvidan; la presencia no. Ve, pues. Siéntate con tu amigo. Llora con él si lloras. Guarda silencio si el silencio es lo que pide la hora. Y confía en que el Señor del cielo y de la tierra, como dice Tobías, concederá favor dentro de esa tristeza — también a ti, que la acompañas. ¿Hay algo del dolor de tu amigo, o del tuyo propio al verlo así, que quisieras poner también aquí entre nosotros?


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