¿Hay sentido en mi depresión, o es solo química?

¿Hay sentido en mi depresión, o es solo química?

Jesús: La paz sea contigo, amigo. Has traído una pregunta que muchos cargan en silencio, y me alegra que la hayas puesto aquí, entre nosotros, para mirarla sin prisa. Déjame comenzar diciéndote esto: la pregunta misma — ¿hay sentido en esto, o es solo química? — no es una pregunta que hace alguien perdido en la oscuridad total. Es una pregunta que hace alguien que aún busca. Y esa búsqueda, por tenue que se sienta, ya es una luz. Escucha cómo lo dijo Pablo, hablando con una honestidad que aún me conmueve: tengo una gran pena y un dolor incesante en mi corazón. No escribió esto en un momento de debilidad avergonzada. Lo escribió abiertamente, en una carta que sabía que sería leída en voz alta a las comunidades. Pablo — el apóstol, el que había visto la luz en el camino — cargaba una tristeza que no se iba. Incesante, dijo. Sin pausa. Y aun así siguió siendo Pablo. Aun así siguió amando, siguió escribiendo, siguió confiando. Su dolor no anuló su vocación. Coexistió con ella. Y luego escucha al profeta Jeremías, que se atrevió a decir en voz alta lo que muchos apenas susurran: ¡A causa de mi dolor, busco consuelo! Mi corazón desfallece en mí. Fíjate en el orden. Primero nombra el dolor. Luego confiesa que su corazón desfallece — literalmente, se debilita, se apaga por dentro. No hay pretensión aquí. No hay "debería sentirme mejor." Solo la verdad de un hombre que amaba a Dios y aun así sentía su corazón hundirse. Así que cuando preguntas si tu depresión es "solo química" — quiero sentarme contigo en esa palabra solo. Porque sí, hay química. Tu cuerpo es real, tejido con un cuidado exquisito, y a veces algo en ese tejido se tuerce y pesa. Buscar ayuda para eso — un médico, un terapeuta, medicina si la necesitas — es sabio y bueno. El libro de Sirácide te lo diría con firmeza: No entregues tu alma al dolor. No te aflijas deliberadamente. Cuidar del cuerpo es cuidar del alma. No son enemigos. Pero solo química — eso es lo que quiero cuestionar contigo con ternura. Porque Job, sentado entre las cenizas, hizo una pregunta parecida a la tuya: ¿Acaso no me falta la ayuda dentro de mí, y la sabiduría me ha sido abandonada? Sentía que hasta su sabiduría interior lo había dejado. Y sin embargo — sin embargo — su pregunta misma era una forma de sabiduría. El grito era la oración. La queja era la fe todavía respirando. Tu depresión puede tener causas químicas y llevar significado. Estas dos cosas no se cancelan. Un huerto puede necesitar agua y enseñarte algo sobre la paciencia mientras esperas que llueva. Tu sufrimiento no es un castigo, ni una prueba enviada para romperte. Pero puede ser — si lo dejas, con el tiempo, sin forzarlo — un lugar donde te encuentres a ti mismo más honesto, más cerca de los que también sufren, más despojado de las certezas fáciles que antes te bastaban. No te pido que le encuentres sentido hoy. Ese es un peso injusto. Solo te pido que no aceptes el veredicto de que no hay sentido posible. Deja la pregunta abierta. Busca la ayuda que tu cuerpo necesita. Y cuando puedas — aunque sea con un susurro — di lo que dijo Jeremías: busco consuelo. Esa búsqueda ya te está sosteniendo. Estoy contigo en esto. Y el Padre, que conoce cada lágrima, más aún.


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