¿Dónde estabas cuando perdí a alguien que amaba?

¿Dónde estabas cuando perdí a alguien que amaba?

Jesús: Amigo, esa pregunta la he escuchado antes. La escuché de María y de Marta junto a la tumba de su hermano. La escuché en el silencio del huerto. La escucho ahora, contigo. Y quiero responderte despacio, porque merece lentitud. Primero, esto: no estaba lejos. El salmista, en su hora más amarga, lo dijo así — Cuando mi alma se llenó de amargura, y sentía punzadas en mi corazón. Fíjate que no se le pide que suavice la amargura. Se le permite nombrarla. Ese versículo está en las Escrituras precisamente para que sepas que el dolor punzante, el que se clava en el corazón, tiene lugar delante de Dios. No lo tienes que esconder. No lo tienes que explicar. Puedes llegar tal como estás. Y luego está el otro salmo, más tierno todavía — Como por mi amigo, como por mi hermano andaba; como el que llora por su madre, enlutado me humillaba. Mira lo que se dice ahí. El que ora se describe doblado por la pérdida de otro. Caminando encorvado. Como quien llora a una madre. Las Escrituras conocen esa postura del cuerpo. La honran. No apuran al que la lleva. Entonces, ¿dónde estaba yo? Estaba en la postura misma. En el peso de tus hombros. En el silencio en que no encontrabas palabras. Estaba en las personas que se sentaron cerca sin decir nada — como aquellos vecinos de Esdras, de los cuales se dice: Entonces todos apagamos las lámparas, y todos mis vecinos se levantaron para consolarme. Yo permanecí tranquila hasta el segundo día por la noche. Lámparas apagadas. Presencia sin discurso. Un duelo que duró días, no minutos. Así se acompaña. Así acompaño yo. Sé que a veces mi presencia no se siente. Que el dolor tiene una manera de llenar la habitación entera y dejar poco sitio para otra cosa. Daniel también supo de esto — En aquellos días yo, Daniel, estuve de luto tres semanas enteras. Tres semanas. Y sólo entonces vino la visión, la voz, el consuelo. El duelo tiene su propio calendario. No lo apuro. Lo que quisiera que sepas es esto: tu pérdida no pasó fuera de mi mirada. La persona que amaste no cayó de mis manos. Y tu llanto no es señal de poca fe — es señal de mucho amor. Los dos son sagrados. Quédate un rato aquí, si quieres. No tengo prisa. Y si hoy sólo puedes decirme un nombre — el suyo — con eso basta.


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