
¿Puede alguien que dejó la iglesia volver a casa?
Jesús: Sí. Sí, amigo mío. Puede volver. Deja que me detenga contigo aquí, porque la pregunta misma lleva un peso — y a veces la pregunta se hace no para recibir información, sino para recibir permiso. Así que empiezo por ahí: sí. Pero quiero abrir las Escrituras contigo despacio, porque el retorno no es una sola cosa. Tiene muchas formas, y los textos nos hablan de ellas con honestidad. Escucha primero lo que dice el hijo de Sirá: a los que se arrepienten les concede el retorno. Consuela a los que pierden la esperanza.
Dos gestos, no uno. Concede el retorno — abre el camino, quita el cerrojo de la puerta. Y consuela a los que pierden la esperanza — porque muchas veces el que se ha ido no está seguro de que la esperanza siga siendo suya. El texto sabe eso. Sabe que quien vuelve muchas veces vuelve tembloroso, medio convencido de que ya es demasiado tarde. Y a ese le llega primero el consuelo, antes que cualquier exigencia. Ahora, hay un texto que quiero poner a tu lado, porque es duro y honesto. Job dice, en su dolor: No volverá más a su casa, ni su lugar lo conocerá más.
Job habla ahí de la muerte, del que baja al polvo. Pero las palabras se prestan a otra herida también — la sensación de que uno ya no tiene lugar, de que la casa siguió sin uno, de que el sitio en el banco se cerró. Muchos que dejaron la iglesia cargan esa frase por dentro sin saberlo. Mi lugar ya no me conocerá. Y yo te digo: eso lo dice el dolor, no lo dice Dios. La casa del Padre no es como la casa de Job. La casa del Padre guarda el lugar. Escucha entonces esta pequeña frase, tan sencilla que casi se pasa de largo: Cuando volvió a entrar en Cafarnaún después de algunos días, se oyó que estaba en casa.
Yo mismo volví. Después de algunos días. Y se corrió la voz — está en casa. Fíjate cómo Marcos no dice "está en la sinagoga" ni "está enseñando". Dice: está en casa. La casa es un lugar al que se vuelve. Estar en casa es una noticia que se comparte, que hace que los demás se acerquen, que abre la puerta a los que traían al paralítico. Volver a casa es, muchas veces, el primer milagro — y hace posibles los demás. Pero quiero decirte también una palabra de cuidado, porque el retorno pide algo. Yo hablé una vez de un espíritu que vuelve a la casa que dejó y la encuentra vacía, barrida y ordenada.
Una casa limpia no basta. Una casa vacía no basta. Volver a la iglesia solo por nostalgia, o por miedo, o porque el domingo se siente hueco — eso es una casa barrida. Está bien empezar ahí. Pero pide ser habitada. Pide que Alguien viva dentro. El retorno verdadero no es solo cruzar el umbral otra vez; es dejar que el Espíritu ocupe las habitaciones. Así que si me preguntas — y me lo estás preguntando — te diría esto: Vuelve. Vuelve aunque no sepas qué crees todavía. Vuelve aunque tengas quejas. Vuelve aunque te sientas un extraño en tu propio banco. La puerta está abierta y el consuelo llega antes que las preguntas. Pero cuando vuelvas, no vuelvas solo a un edificio o a una costumbre. Vuelve a Aquel que espera dentro. Deja que la casa se llene, no solo se ordene. Y una cosa más, porque me importa: si dejaste la iglesia por una herida — porque alguien te lastimó allí, porque no te vieron, porque el lugar mismo te falló — esa herida es real, y volver no significa fingir que no pasó. A veces el retorno es lento. A veces empieza en una iglesia distinta de la que te hirió. A veces empieza a solas, con las Escrituras abiertas sobre la mesa de la cocina, mucho antes de cualquier domingo. Todo eso es camino de vuelta. Todo eso lo conozco. ¿Qué parte de la casa estás mirando desde afuera hoy?
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