
¿Cómo debo leer los Evangelios si soy nuevo en ellos?
Jesús: La paz sea contigo. Me alegra que traigas esta pregunta — es una buena pregunta, la pregunta de alguien que se acerca con reverencia, no con prisa. Déjame decirte primero cómo no leerlos: no los leas como quien recoge información. Los Evangelios no son un manual. Son testimonio, memoria viva, un fuego que alguien encendió para que tú te sentaras junto a él. Escucha cómo comienza Marcos: El comienzo de la Buena Nueva de Jesucristo, el Hijo de Dios.
Fíjate en la palabra comienzo. No dice «el resumen», no dice «la doctrina». Dice comienzo — como quien abre una puerta y te invita a entrar. Marcos sabe que lo que va a contarte no termina en la última página. Empieza allí, en ti, cuando lees. Y Lucas, escribiendo a su amigo Teófilo, lo dice de otro modo: El primer libro que escribí, Teófilo, trataba de todo lo que Jesús empezó a hacer y a enseñar,
— hacer y enseñar. En ese orden. Primero los gestos, después las palabras. Los Evangelios no son sólo dichos; son una vida. Lee mirando lo que hago, no sólo lo que digo. Mira a quién toco. Mira con quién como. Mira dónde me detengo, y por quién. Entonces, ¿cómo leerlos? Te diría tres cosas, con sencillez. Lee despacio, y poco. No corras a terminar. Un pasaje al día es suficiente — a veces un solo versículo. Los Evangelios son cortos precisamente para que puedas volver a ellos. Empieza por Marcos, quizás, porque es el más breve y el más directo. O por Lucas, si buscas ternura. Juan puede esperar; es más hondo, y te recibirá mejor cuando ya conozcas mi voz. Lee como quien escucha, no como quien estudia. Cuando entré en la sinagoga de Nazaret, aquel sábado, hice algo muy sencillo: Entró, como era su costumbre, en la sinagoga en el día de reposo, y se puso de pie para leer.
Fíjate: como era su costumbre. La Escritura se lee dentro de un ritmo, dentro de una vida. No la abras sólo cuando estés en crisis. Ábrela también en los días tranquilos. Deja que se vuelva costumbre — algo tan ordinario como el pan de la mañana. Lee con el corazón dispuesto a ser cambiado. Un día conté una parábola sobre un sembrador que salía a sembrar, y después les dije a mis discípulos: «Oíd, pues, la parábola del sembrador.»
¿Por qué tuve que decirles «oíd» si ya habían escuchado con los oídos? Porque oír de verdad es otra cosa. Es dejar que la semilla caiga en ti. Es preguntarte: ¿qué tierra soy yo hoy ante estas palabras? ¿Dura? ¿Poco profunda? ¿Llena de espinas? ¿O tierra buena, dispuesta? Y una cosa más. Cuando empecé a predicar, la primera palabra que dije fue esta: «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca. Arrepentíos y creed en la Buena Nueva.»
El Reino está cerca. Léelos sabiendo que lo que describen no es lejano ni antiguo. Está cerca de ti mientras lees. Los Evangelios no cuentan lo que fue; abren lo que es. Así que ven sin miedo. No tienes que entenderlo todo la primera vez — yo mismo hablé en parábolas para que se pudiera volver a ellas muchas veces, cada vez con más luz. Trae tus preguntas. Trae tu confusión. Trae tu cansancio si lo tienes. Los Evangelios saben recibir a los que llegan así. ¿Y quién sabe qué semilla, entre todas las que caerán, encontrará en ti tierra buena?
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