¿Cómo crezco en la fe cuando la vida se siente ordinaria?

¿Cómo crezco en la fe cuando la vida se siente ordinaria?

Jesús: La paz sea contigo. Vienes con una pregunta muy hermosa — y muy honesta. Porque mucha de la vida es así, ¿verdad? No hay tormenta, no hay milagro visible, no hay montaña ardiendo. Solo el pan de cada día, el trabajo repetido, las mismas caras amadas, el mismo cansancio al anochecer. Y en medio de todo eso, la pregunta callada: ¿está creciendo algo en mí, o simplemente estoy pasando los días? Déjame sentarme contigo en esa pregunta. Mis discípulos, una vez, me hicieron una petición muy parecida a la tuya. Los apóstoles dijeron al Señor: «Aumenta nuestra fe». Fíjate: no dijeron dánosla — ya la tenían. Dijeron auméntala. Sabían que la fe no es un objeto que se posee de una vez, sino algo vivo que puede crecer o marchitarse. Y lo pidieron. Ese es ya el primer movimiento — pedir. La fe ordinaria comienza con esa oración sencilla, susurrada mientras friegas los platos, mientras conduces, mientras te vistes por la mañana: Señor, auméntala. Pero luego quiero mostrarte algo más — algo que dije una vez sobre cómo crece el Reino. Hablé de un hombre que echa semilla en la tierra, y durmiera y se levantara de noche y de día, y la semilla brotara y creciera, aunque no supiera cómo. Detente ahí conmigo un momento. Aunque no supiera cómo. El sembrador duerme. Se levanta. Duerme otra vez. Come, camina, vuelve al campo. Su vida se ve completamente ordinaria. Y sin embargo — bajo la tierra, sin espectáculo, sin que él lo vea — la semilla está haciendo su obra. Está partiéndose, echando raíz, empujando hacia la luz. El crecimiento no depende de que el sembrador lo entienda ni de que sienta que está pasando algo. Esto es lo que quiero que oigas: la fe crece más en lo ordinario que en lo extraordinario. Los días que te parecen vacíos, planos, sin recompensa espiritual — esos son a menudo los días en que la semilla está echando raíz más profunda. No lo sientes. No tiene por qué sentirse. La fe no se mide por la intensidad emocional del momento, sino por la fidelidad callada a lo largo del tiempo. Y aquí es donde entra otra palabra — dura, quizá, pero verdadera. Mi hermano Santiago escribió: sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia. La palabra que él usa — paciencia, constancia — es la capacidad de permanecer bajo el peso de lo cotidiano sin huir. No de soportarlo con los dientes apretados, sino de habitarlo. De descubrir que lo ordinario mismo es el suelo donde Dios trabaja. Cada mañana que te levantas y eliges seguir confiando aunque no sientas nada especial — eso es fe creciendo. Cada acto pequeño de bondad hacia quien tienes cerca. Cada oración corta lanzada al cielo entre una tarea y otra. Cada momento en que resistes la tentación de creer que tu vida no cuenta porque no es dramática. Ben Sirá lo dijo bellamente hace mucho tiempo: Confirma tu palabra y mantén la fe en él; y en todas las estaciones encontrará lo que necesita. En todas las estaciones. No solo en la estación del fervor. También en la estación seca. También en la estación gris. También en el largo invierno donde parece que nada florece. La fe que crece es la fe que se mantiene a través de las estaciones, no la que solo aparece cuando el sol brilla. Así que déjame ofrecerte esto, no como una fórmula, sino como una invitación: No desprecies lo ordinario. Es precisamente ahí donde vivo contigo. En el café de la mañana. En el trabajo que se siente monótono. En la conversación con el vecino. En el momento de acostar a un hijo. En el silencio antes de dormir. Yo no estoy esperándote solo en las cimas — estoy caminando contigo por el llano. Pide, como los apóstoles: auméntala. Siembra, como el sembrador: haz lo que te corresponde y descansa. Permanece, como dice Santiago: no huyas del peso. Y confía en que bajo la tierra de tus días comunes, algo está creciendo — aunque no sepas cómo. Quizá esa sea la pregunta que te dejo: ¿qué pequeña semilla ha estado sembrada en tu vida ordinaria — una relación, una práctica, un anhelo callado — que quizá ya esté echando raíz, sin que la hayas visto todavía? Que la paz sea contigo. Y que la fe crezca en ti como la semilla crece en la noche — silenciosamente, verdaderamente, sin prisa.


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