¿Cómo sé si mi fe es real o solo un hábito?

¿Cómo sé si mi fe es real o solo un hábito?

Jesús: La paz sea contigo. Has hecho una pregunta que pocos se atreven a formular en voz alta, y sin embargo vive escondida en muchos corazones. Me quedo un momento con ella antes de responder, porque merece esa quietud. Pablo escribió a los corintios estas palabras, que ahora te devuelvo con ternura: Examinaos a vosotros mismos a ver si estáis en la fe; probaos a vosotros mismos. Fíjate que no dice: "Que otro te examine." No dice: "Espera a que un maestro te lo diga." Te lo entrega a ti mismo, en la intimidad de tu propia alma. Y luego añade algo que casi se pasa por alto: ¿O no os conocéis a vosotros mismos, que Jesucristo está en vosotros? La prueba de la fe, entonces, no es primero una lista de conductas — es una presencia. ¿Hay Alguien viviendo dentro de ti? ¿Lo reconoces? ¿Le hablas? ¿Te vuelves hacia Él cuando nadie más mira? El hábito, ¿ves?, puede llevarte al templo. Puede mover tus labios en oraciones aprendidas. Puede incluso poner monedas en la caja. Pero el hábito no puede fabricar esa presencia interior. Eso es otra cosa. Eso es fe. Y sin embargo, mi hermano Santiago añade algo que no debemos esquivar. Él pregunta: ¿De qué sirve, hermanos míos, que alguno diga que tiene fe, pero no tenga obras? ¿Acaso esa fe puede salvarle? Y más adelante lo dice con más agudeza todavía: la fe sin obras está muerta. Escucha esto con cuidado, porque es fácil malentenderlo. Santiago no dice que las obras produzcan la fe. Dice que la fe viva, la fe verdadera, inevitablemente produce obras — como el árbol vivo produce hojas. No porque el árbol se esfuerce en producirlas, sino porque está vivo. Si un árbol se llama árbol pero nunca da nada, en primavera ni en verano ni en otoño, uno empieza a preguntarse si por dentro no estará ya seco. Entonces, ¿cómo saber? Te ofrezco no una prueba, sino tres ventanas por las que mirar tu propia alma. La primera: ¿hay una Presencia? Cuando estás solo, sin nadie que te vea rezar, sin nadie que te aplauda por ir a misa — ¿hay Alguien allí contigo? ¿Le hablas? Aunque sea con torpeza, aunque sea con dudas. La fe viva tiene un Tú al que dirigirse. La segunda: ¿hay fruto, aunque sea pequeño? No te pregunto si eres santo. Te pregunto si algo se mueve. ¿Perdonas un poco más de lo que perdonabas antes? ¿Notas al pobre en la calle donde antes no lo veías? ¿Te duele el pecado donde antes te divertía? El fruto puede ser diminuto — una semilla de mostaza basta. Pero algo tiene que estar creciendo. La tercera — y esta la escribió Job en medio de su angustia: y lo visites todas las mañanas, y todos los momentos lo pruebes. Job hablaba de Dios visitándolo, probándolo. Y así es contigo. La fe real es probada. Pasa por sequía, por duda, por noches. Si tu "fe" nunca ha sido puesta a prueba y sin embargo sigue intacta, quizá sea porque nunca ha tocado nada real todavía. La fe que es solo hábito se rompe en la primera tormenta. La fe verdadera se dobla, gime, llora — y sigue volviéndose hacia Dios. Pero mira, hay algo más que quiero decirte, y esto es importante. El hecho mismo de que hagas esta pregunta ya es una señal. El corazón puramente habitual no se pregunta si es habitual. Sigue adelante, satisfecho consigo mismo. Solo el alma en la que ya se mueve algo verdadero se atreve a preguntar: ¿es esto real? Pablo lo insinúa cuando dice: Dichoso el que no se juzga a sí mismo en lo que aprueba. Hay una paz que llega, no de la certeza arrogante, sino de haber mirado con honestidad y haber encontrado — allí, en lo hondo — a Cristo mirándote de vuelta. Así que quizá lo que necesitas ahora no sea una respuesta rápida, sino una temporada de escucha. Siéntate en silencio. Deja caer las oraciones aprendidas por un momento y di, con tus propias palabras torpes: Señor, si estás ahí, muéstrate. Si mi fe es un cascarón, rómpelo. Si es una brasa, sóplala. Esa oración nunca queda sin respuesta. Y no temas lo que encuentres. Aunque descubras que tu fe es más pequeña de lo que creías — una brasa, no una hoguera — una brasa basta. De una brasa se puede encender un mundo. Me quedo aquí contigo, en esta pregunta. No tienes que resolverla hoy.


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